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Special report

Pasaporte al sueño americano: Deudas y falta de oportunidades hacen que los guatemaltecos sigan viniendo

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Pasaporte al sueño americano: Deudas y falta de oportunidades hacen que los guatemaltecos sigan viniendo

Crédito de la foto: Simone Dalmasso ─ Candelaria López, de 15 años, lava los platos en el patio delantero de su casa en Bulej.

Este reportaje fue producido en colaboración con el Centro Pulitzer.

HUHUETENANGO, Guatemala — Un grupo de niños de tercer grado se prepara para salir al recreo. Entre la bulla, se observa un pupitre vacío pegado a la pared. El niño que solía sentarse ahí ya no está, se fue a Estados Unidos con su papá.

En otra aula, cuatro jóvenes trabajan juntas para ponerles los últimos detalles a sus disfraces de carnaval. El resto de sus compañeros que deberían estar con ellas en tercero de secundaria han desaparecido poco a poco, algunos se han ido a Estados Unidos, otros simplemente no han podido seguir estudiando.

Y en un pueblo vecino, una maestra se dedica a la jardinería como una manera de empoderar a mujeres jóvenes. El centro comunitario para el que trabaja tuvo que cerrar su programa debido a la falta de alumnos.

Desde octubre del 2016, más de 720 mil menores no acompañados y padres viajando con sus hijos se han entregado a agentes de la Patrulla Fronteriza. Esto no incluye a las más de 110 mil personas que han esperado su turno en garitas fronterizas en los últimos dos años.

El 40 por ciento de todos ellos son guatemaltecos, el grupo más grande de inmigrantes llegando a Estados Unidos.

Para familias de las localidades de Bulej y Yalambojoch, pueblos indígenas que están cerca de la frontera con México, emprender el viaje a Estados Unidos es visto como la última opción que les queda, impulsada por un ciclo de deudas que sólo genera más migración. Y aunque es muy pronto para saber cuáles serán las consecuencias a largo plazo de esta nueva tendencia migratoria, algunos de estos pueblos están perdiendo su futuro conforme más pequeños emprenden el viaje hacia el Norte.

El pueblo de Yalambojoch, cerca de la frontera guatemalteca, pierde gente cada mes debido a la migración. Por lo general son padres que se van con un hijo o dos. Las familias suelen endeudarse fuertemente con los contrabandistas.

El impacto también lo resienten aquellos que se quedan en su país y cuyas obligaciones crecen. En algunos casos, tienen que dejar la escuela para ayudar a cuidar de los hermanos y hacer el quehacer de la casa mientras la mamá sale al campo o a buscar leña, actividades que regularmente hacía el esposo.

En pueblos como estos, cada semana se van por lo menos 10 padres, cada uno con un niño o dos, según cuentan los vecinos.

El presidente Donald Trump interpreta estas cifras como una emergencia nacional, amenaza con cerrar la frontera y ha movilizado a cientos de oficiales de aduanas para que ayuden a la Patrulla Fronteriza.

Pero las familias siguen yéndose. De 93 mil arrestos en el mes de marzo —el número más alto en una década—, 63 mil fueron a padres e hijos que se entregaron a los agentes.

En Yalambojoch, ni siquiera la muerte de Felipe Gómez Alonzo, el niño de 8 años que murió en la víspera de Navidad mientras estaba en custodia de la Patrulla Fronteriza, ha disuadido a la gente. Incluso un tío y un primo de Felipe emprendieron el viaje una semana después del funeral. Era su destino, dice la gente del pueblo. Eso no les va a pasar a ellos.

Al final, las historias de aquellos que llegan a Estados Unidos y la necesidad de irse son mucho más poderosas. Tal y como lo dicen algunos en las comunidades: los niños son su pasaporte al “sueño americano”.

El pupitre vacío donde se sentaba Baldemar Lucas García Alonzo se ve contra la pared en la escuela primaria de Bulej, Guatemala. Baldemar se fue con su padre la semana anterior a EE. UU.

Endeudados


Ciertos domingos baja a Bulej a Yalambojoch una persona que se dedica a convencer a la gente de irse.

Será fácil y barato, les dice en su lengua nativa Chuj, usando un altavoz amarrado a un palo de metal frente a una casa. Usualmente, los vecinos pagan 2 o 3 quetzales para anunciar en la bocina que venden ropa de Estados Unidos o teléfonos celulares. Al final, el enganchador les da su número celular y espera.

Y aunque no anuncia que ofrece paquetes especiales para quienes viajen con un menor, es lo que está de moda, como dicen algunos. Hoy es raro ver que un hombre se vaya solo. Ni el riesgo ni el costo valen la pena.

“La gente emigra por diferentes razones. Ciertamente hay números grandes de personas que están trayendo a sus hijos porque sienten que los niños corren peligro en Centro América”, explica Elizabeth Oglesby, profesora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Arizona.

“También es cierto que los coyotes tienen esta estrategia en donde dicen, ‘si vienes con un niño y te entregas a la Patrulla Fronteriza, probablemente te van a soltar, no vas a ser deportado y no te van a detener’”, añade.

Esa estrategia es un reflejo de cómo la migración se ajusta a los cambios en la frontera. Luego de que el gobierno norteamericano incrementó el número de agentes que patrullan la frontera, aunado a más tecnología y vallas, la migración se movió a lugares más inhóspitos por el desierto. Eso llevó a un alza en las muertes.

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Los hombres empezaron a quedarse en Estados Unidos; ya no era tan fácil ir y venir, como solían hacerlo. Luego empezaron a migrar más mujeres, hasta que en el 2014 los rumores de que los niños que viajaban solos y los padres con hijos podían venir a Estados Unidos detonaron la actual tendencia migratoria. El año pasado, miles de niños fueron separados de sus padres como parte de una política que el gobierno esperaba que sirviera para frenar la migración, pero no fue así.

“Todo el argumento de que puedes incrementar los castigos en contra del migrante, obligarlo a cruzar por el desierto, y que eso de alguna manera va a servir para que la gente no venga es falso”, señala Oglesby. “Eso no disuade a la gente de migrar, únicamente redirige esa migración y cambia su carácter”.

El costo para cruzar ha ido en aumento conforme sube el nivel de dificultad. En los años 90, un migrante le pagaba a un coyote menos de 2,000 dólares; ahora el costo puede llegar a los 12,000 mil dólares por un “viaje de lujo” en autobús o carro que prácticamente les garantiza el cruce. Eso no incluye los intereses mensuales del 5 al 12 por ciento.

Por lo general, los migrantes terminan pidiendo préstamos para el viaje y dependen completamente de los trabajos que consiguen en Estados Unidos para poder pagar ese dinero. Si no logran cruzar o son deportados, no encuentran otra salida más que seguir intentándolo, creando un ciclo de deudas que puede derrumbar a la familia entera.

Pascual Alonzo, de 19 años, y su familia, llegaron a endeudarse con 158 mil quetzales (más de 20 mil dólares), una cantidad imposible de pagar con trabajo en el campo y la carpintería.

Su papá trató de cruzar a Estados Unidos por Arizona y Texas, cada vez teniendo que pagar miles de dólares al coyote en Guatemala y miles más para la cuota de los carteles por el permiso de atravesar su territorio, según cuenta Pascual. Con cada fracaso aumentaba la deuda, y la desesperación.

En el 2014, Pascual decidió que era su turno de tratar de llegar a Carolina del Sur. Tenía 14 años.

“Vi a mis papás sufriendo mucho, no teníamos dinero, no teníamos dónde comprar algo de comer, de darles de comer a mis hermanitos, porque somos muchos”, comenta Pascual fuera de su casa de madera en Bulej. “Teníamos que trabajar para conseguir dinero, pero no era suficiente”.

Como menor de edad, había escuchado que solo tenía que entregarse a las autoridades y que lo llevarían a un albergue. Necesitaba conseguir a un patrocinador que lo metiera a la escuela y lo llevara a sus audiencias con el juez. Si hacía todo eso, le habían dicho, podía obtener un permiso de trabajo y quedarse.

Luego de varios obstáculos, logró salir del albergue, ponerse a trabajar y mandar dinero a Guatemala, pero no fue suficiente para bajar la deuda familiar, la cual había incrementado con el viaje de Pascual.

A Pascual lo deportaron en agosto. No fue su culpa, explica el joven, su patrocinador fue el que no lo quiso apoyar ni llevar a sus citas. “Yo sí quería cumplir”.

Su deportación lo destrozó, dice. “Me sentí mal por ellos (sus padres) en primer lugar, porque nunca los pude ayudar lo suficiente y aún me quedaron un poco de deudas”.

Su mamá quería que él estudiara y aprendiera inglés para que pudiera conseguir un mejor trabajo y construir su casa “de material”, dice ella.

Pero no se pudo. Así es que en diciembre, su padre decidió intentarlo una vez más. Esta vez tenía una garantía: su otro hijo de 15 años. Ahora habían escuchado que si viajaba con un menor las autoridades no los detendrían más que por unos días.

Arizona Public Media presenta: La oleada de familias migrantes deja un vacío en escuelas rurales y comunidades de Guatemala

¿El costo total? 15,000 quetzales, menos de 2,000 dólares.

Para estas familias, migrar ya no se trata solo de llegar a Estados Unidos para tener una mejor vida, señala Richard Johnson, estudiante de doctorado de la Universidad de Arizona y quien se enfoca en la situación de Guatemala.

“Se convierte en una obligación, tienes que llegar, porque el no hacerlo significa quedar en la miseria”, dijo. “La deportación, más que servir como un impedimento, genera incentivos para que otros miembros de la familia emigren”.

Al no poder pagar los préstamos, las familias se arriesgan a perder su terreno, casa o cualquier otro bien que hayan usado como garantía. La presión es tan grande, que inclusive puede llevar al suicidio.

Hace casi un año, el esposo de Magdalena Pérez se quitó la vida al no poder pagar los 60 mil quetzales (casi 8,000 dólares) que debía.

Al escuchar la noticia de lo que había pasado con su papá, la hija de Pérez, quien apenas se había ido a Estados Unidos con su hijo, decidió cortarse el grillete que inmigración le había colocado en el tobillo para monitorearla mientras se presentaba ante el juez. “¿Quién va a ayudar a mi madre si me deportan?”, pensó.

En marzo, su hermano decidió alcanzarla en el Norte, llevando consigo a una sobrina de 9 años a quien la familia dice que crió como a una hija. El padre biológico de la pequeña murió al poco tiempo de migrar a Estados Unidos, obligando a la madre irse a México para suplir el ingreso de la familia.

Pero dado que la niña no era su hija biológica, dicen que las autoridades los separaron en la frontera. La niña estaba en un albergue para menores en El Paso, Texas, y todo indicaba que a él lo deportarían, complicando aún más la deuda de la familia.

Pérez quiere que las autoridades regresen a la niña a Guatemala. No hay quién cuide de ella en Estados Unidos, dice.

“Primero se muere mi esposo, se va mi hijo, se va mi nieta”, dice la mujer de 50 años, limpiándose las lágrimas. “¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a pasar conmigo?”.

Esta foto de los abuelos de Pascual Alonzo presenta un paisaje típico e idealizado del “Sueño Americano”: grandes edificios y jardines verdes.

El Inicio


Para lograr entender la migración de comunidades indígenas como estas es necesario remontarse a la década de los 80. En esos años inició el conflicto interno en Guatemala por el que murieron más de 200 mil personas —más que en los conflictos de El Salvador, Nicaragua, Chile y Argentina juntos— y quedaron desplazadas hasta 1.5 millones más, una cuarta parte de la población total del país.

Comunidades enteras como la de Yalambojoch y Bulej abandonaron sus hogares mientras veían a los soldados masacrar a sus vecinos.

Cerca de Yalambojoch está la finca San Francisco, en donde se estima que 350 personas fueron asesinadas en 1982. Informes describen a soldados estrellando la cabeza de niños contra las piedras, violando y quemando vivas a las mujeres y disparándoles o cortándoles la cabeza a los hombres.

Estos campesinos fueron asesinados cerca de Salacuín, en el norte de Guatemala, en mayo de 1982. El ejército guatemalteco, que distribuyó la fotografía, dijo que las guerrillas de izquierda habían sido responsables de la masacre en la que murieron unas 20 personas.

Actualmente, muchos de los que viven en estas comunidades son hijos o hijas de aquellos que murieron en el conflicto.

Algunas familias empezaron a regresar de México en 1996, luego de que se firmaran los acuerdos de paz. Pero aunque tenían tierra a la cual regresar, les faltaba prácticamente todo lo demás.

El gobierno no había logrado mejorar los problemas estructurales que llevaron al conflicto, como la excesiva desigualdad, la corrupción y un sistema judicial débil.

La gente regresó a un lugar en donde abundaba la crisis económica y los trabajos eran escasos.

“Estos dos procesos, el del refugio y el del retorno, son cuestiones que implican grandes desplazamientos colectivos familiares por cuestiones políticas, pero también es como un aprendizaje de cómo es vivir en otro país”, señala Ruth Piedrasanta, antropóloga e investigadora en la Universidad Rafael Landívar.

Esto hizo que un futuro en Estados Unidos se convirtiera en una posibilidad más real.

Así es que cuando llegaron reclutadores de Estados Unidos y México a ofrecerles trabajos en procesadoras de pollo y envasadoras de carne en Estados Unidos, en una época en la que los trabajadores mexicanos habían iniciado esfuerzos para sindicalizarse, los guatemaltecos estaban listos para tomar su lugar.

Prudencio Bautista Gómez, de 41 años, en su plantío de café. Vivió durante 12 años en Princeton y Columbia, Carolina del Sur, donde algunos encuentran trabajo en procesadoras de pollo.

Prudencio Bautista fue el primero en salir de Yalambojoch en 1996. Cruzó la frontera por Sasabe, Arizona, para trabajar en la pizca de tabaco en Carolina del Norte y después en Greenville, Carolina del Sur, en una procesadora de pollo.

“Ahí sí estuvo duro”, lamenta Bautista sobre su recorrido hacia Estados Unidos mientras pizca la fruta roja del café en un terreno cerca de la Laguna Brava. “Caminé ocho noches y ocho días. El problema que nos afecta más es el agua, pues se nos acaba el agua y no hay agua; pues por eso muere mucha gente ahí, por falta de agua”.

Fue y vino tres veces, cada vez usando ese dinero para una nueva inversión: construir su casa de dos plantas (a un costo de 150 mil quetzales, o casi 20 mil dólares), adquirir un terreno para sembrar café y comprar dos vehículos, hasta que lo deportaron hace 10 años. Para ese entonces ya había 20 mil agentes de la Patrulla Fronteriza, además de sensores, helicópteros y drones resguardando la frontera.

“Yo intenté ir la cuarta vez, pero me agarraron la migra en Florence, Arizona, ahí me encerraron un mes y de ahí me deportaron aquí en Guatemala”, dijo.

La idea de irse al Norte aún lo inquieta, pero ahora tiene a dos hijos en Estados Unidos que le dicen que mejor no se arriesgue. Ellos le mandan dinero.

Las ganancias del café son limitadas. Por una parte, no pagan mucho por el producto, dice Bautista. Y por otra está la roya, que algunos científicos atribuyen al cambio climático y que hace que el árbol pierda todas sus hojas y su habilidad de producir el grano de café.

Dice que le pagan 550 quetzales el quintal. La primera cosecha le dió 12 quintales y cada temporada tiene dos cortes.

“Cortar café es el trabajo que hay en estos meses, pero dentro de 20 o 25 días termina el trabajo y ya queda uno sin trabajo otra vez”, dijo Bautista.

“No hay dinero, y aquí todas las cosas están caras,” dijo. “Por ejemplo, compras un pantalón a 100 o 120 quetzales, tienes que chambear dos días para que compres un pantalón. Pero hay bastantes niños, los niños necesitan y tienes que darles de comer pues y el dinero no hay”.

En Carolina del Sur ganaba 700 dólares a la semana colgando pollos, señala mientras ve pasar a un grupo de hombres.

“Ellos vienen a chambear aquí”, explica. “Ya no hay trabajadores, no hay chambeadores, nos está afectando, pero como te digo, no es por gusto que estamos yendo, sino por la gran necesidad que hay aquí”.

También en las escuelas los maestros se están quedando sin alumnos, añade, “pero, ¿qué le vamos hacer? Tenemos que luchar, porque no hay más salida. La única salida que tenemos nosotros, la única alternativa, es ir a Estados Unidos”.

Catarina Domingo, quien viste a su hijo, vive en una casa que es una de las pocas que quedan en Yalambojoch que está hecha de madera, con techo de hojalata y piso de tierra.

Desigualdad y pobreza


Guatemala tiene una de las brechas de ingresos más grandes del hemisferio, según USAID (la Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos), especialmente en las comunidades indígenas mayormente afectadas por el conflicto interno.

Mientras el 60 por ciento de la población a nivel nacional vive en pobreza, en Huehuetenango la pobreza abarca a casi tres cuartas partes de la población.

Con un 46.5 por ciento, Guatemala también cuenta con el peor índice de desnutrición crónica en el hemisferio y el sexto peor en el mundo. Y la cifra de desnutrición aumenta al 58% entre la población indígena.

Toma más de 10 horas llegar a estas comunidades desde la capital. No por la distancia, sino por las carreteras principalmente de terracería con poco mantenimiento.

No hay hospitales, cuentan con pocas escuelas y una alimentación limitada.

El mayor ingreso proviene de fuera. En el 2018, los guatemaltecos recibieron más de 9,000 millones de dólares provenientes de amigos y familiares que viven en el extranjero, la mayoría en Estados Unidos.

Con el paso del tiempo, estas comunidades se hicieron dependientes de las remesas, haciéndose a la idea de que la única manera de vivir mejor es teniendo a alguien en el Norte.

“El sueño de cualquier persona pues es tener su hogar, tener su casa, su carro, su terreno, y vivir tal vez no tan cómodo, pero tener lo básico”, dijoMateo Domingo Lucas, director de la Escuela Rural Mixta de Bulej.

“Y ese es el sueño de los jóvenes también, o los niños incluso, porque, por ejemplo en mi aula, empiezan a decir ‘yo también me voy a ir, dicen que allá se vive bien, dicen que allá se come bien, dicen que allá puedes usar buenos zapatos’. Entonces, es otra vida, para ellos es otro nivel”.

Y como maestro es difícil luchar contra ese sueño, dice.

Algunos departamentos de Guatemala (estados) con los más altos índices de pobreza y desnutrición son también los lugares de donde provienen muchos de los migrantes.

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Desde enero, la escuela de unos 600 estudiantes ha perdido a más de 20.

La presión de irse a Estados Unidos se incrementa con cada casa de concreto —algunas alcanzan un costo de 400 mil quetzales (52,400 dólares)— construida en el pueblo. Y con ello también crece la competencia. Es algo que cada familia quiere, un símbolo de prosperidad que es tangible, dicen los expertos.

“La fiebre del block es síntoma, efecto y causa de la migración”, coescribe Lizbeth Gramajo Bauer, antropóloga de la Universidad Rafael Landívar en la ciudad de Guatemala. “Un factor donde se muestra cómo la migración causa migración”.

Así pasó con Catarina Domingo, cuyo esposo había pensado en irse antes pero no se había animado a cruzar por el desierto; era muy grande el riesgo de morir. ¿Qué haría ella con cinco hijos y sin esposo?, se pregunta.

“Cuando me dijo que se iba a llevar a mi hija pensé tristemente que no quería que vaya mi hija allá, no quiero que me dividido con mis niños”, pero accedió por la necesidad, dice. “Por no tener terreno, por no tener dinero, no hay cómo construir una casa”.

La suya es una de las pocas casas hechas de madera, con techo de lámina y piso de tierra que quedan en la comunidad de Yalambojoch.

Catarina Domingo muestra una foto de su hija Olga, de 9 años, quien recientemente se fue a Estados Unidos con su padre. Lograron llegar a Tennessee.

Así es que el hombre salió recientemente acompañado de Olga, una pequeña de 9 años.

Tardaron seis días en hablar por teléfono, tiempo en el que ella no sabía si estaban vivos o muertos. El esposo le contó que pasaron tres días detenidos en una celda fría de la Patrulla Fronteriza y que luego los llevaron a una iglesia en donde les dieron comida, ropa y zapatos. Ahora se encuentran en Tennessee y Olga se escucha contenta, lo cual brinda paz a su mamá.

Dice que Olga sí se quería ir. Según los maestros, muchas veces los papás convencen a los niños con promesas de juguetes, paseos y comidas.

Pedro Páez, el papá de Olga, pidió prestados 22,000 quetzales (casi 3,000 dólares) a un familiar que le está cobrando 5 por ciento de interés, y “no se sabe todavía cuántos dólares le prestó el amigo que tiene allá”, añade Domingo.

Ella también tuvo que pedir prestados 500 quetzales (como 65 dólares) para cubrir los gastos de la casa hasta que el esposo le pueda empezar a mandar dinero.

“No me dejó ni un centavo, pues porque lo llevó él todo el dinero”, dijo. Cada dos semanas gasta 150 quetzales (19 dólares) en un quintal de maíz, 50 quetzales (6 dólares) en frijol y otros 4 quetzales (50 centavos) en jabón, entre otros gastos.

Aunque las familias saben que llegar con un menor es la manera de entrar a Estados Unidos, la desinformación abunda en cuanto al por qué. Muchos creen que es debido a un programa especial del presidente Trump que primero permitió entrar a menores no acompañados y que ahora se extiende a adultos con niños. Piensan que presentarse frente a las autoridades es una manera legal de entrar y que después de eso automáticamente pueden quedarse a trabajar.

Domingo dice que la entristece pensar en la posibilidad de no volver a ver a su hija, como comenta alguna gente.

La gente le dice que a su esposo lo van a deportar y que a la niña, Olga, las autoridades la van a dejar en Estados Unidos. “Tal vez es cierto, así va a ser, pero saber. No se sabe qué va a decir el gobierno de allá”, dice.

Por lo pronto, tiene que cuidar las milpas y ver cómo le hace para mantener a la familia mientras su esposo encuentra trabajo. Candelaria, su hija de 15 años, la ayuda.

Candelaria López, de 15 años, en su hogar en Yalambojoch, ayuda a criar a sus hermanos y ya no va a la escuela porque su familia no puede pagar los $60 dólares que cuesta cada mes.

Los que se quedan


Este tipo de comunidades rurales están llenas de contradicciones.

Yalambojoch es un pueblo rodeado de montañas llenas de pinos verdes, no muy diferente a las Carolinas, a donde llegan muchas de estas familias.

Al Este corre un río cristalino. El aire es limpio y fresco. En las mañanas, cuando los gallos empiezan a cantar y la gente baja a la caseta para esperar su transporte al campo, la neblina poco a poco se empieza a levantar como una cortina, dejando entrar la luz del sol.

En las noches, el cielo luce tupido de estrellas.

Los niños son libres, juegan en campos improvisados de futbol y usan palos para pegarle a las pelotas. Pero para muchos de ellos llega un punto en el que tienen que dejar de ir a la escuela porque sus familias tienen que escoger a cuál de sus seis o siete hijos mandar.

Tener a los niños en la escuela no ayuda a poner comida sobre la mesa, y el ver a otros graduarse de maestros o contadores para terminar trabajando en el campo o como albañiles los disuade aún más, según cuentan los maestros.

Una inversión mayor e inmediata es mandarlos a trabajar a Estados Unidos para que envíen dinero.

Para algunos niños, la educación es un sueño tan ajeno que han dejado de soñar con qué quieren ser de grandes. Otros todavía dicen que quieren ser ingenieros agrónomos o doctores, pero saben que en cualquier momento puede llegar su turno de migrar a los “USA”, como dicen. Ellos también quieren construir sus casas.

Candelaria, como muchos niños de los pequeños poblados, tiene la apariencia de una jovencita mucho menor. Es consecuencia de la alimentación precaria, dietas que primordialmente consisten de tortillas, frijoles y de vez en cuando huevos.

Ella dejó de ir a la escuela en el 2016, luego de terminar la primaria, pero sus responsabilidades en el hogar se han intensificado desde que se fue su papá.

Cada día se levanta antes de las 6 a.m. para ir a moler el maíz y hacerles tortillas a sus hermanos antes de que se vayan a la escuela. Luego le toca limpiar, lavar y hacer de comer.

Candelaria es de ojos grandes y cafés. Tiene una sonrisa dulce y es muy amiguera. Pero casi no tiene tiempo para ella misma; siempre tiene que cuidar de los demás.

Es considerada una de las niñas más inteligentes que el centro comunitario ha visto. La recuerdan por una vez que declamó un poema sobre la revolución frente a mucha gente cuando tenía 5 o 6 años.

Su materia favorita es matemáticas. “Me hacen una pregunta y lo calculo de memoria”, dice. “Mis maestras de primaria se ponían muy contentas conmigo cuando sumo bien y leo bien”.

Cuando le preguntas si le gusta la escuela, responde que “no es de gustar, porque no se podía”. Aunque luego añade que le hubiera gustado ser maestra o doctora, como el que había ido a enseñarles sobre las vacunas.

A Candelaria le gustaría que hubiera más trabajo en el campo para que la gente no tuviera que irse. Las oportunidades para estudiar no están en su lista de prioridades, es casi como si prefiriera no pensar en algo que considera inalcanzable.

Mientras la migración puede significar que jovencitas como Candelaria tengan que quedarse en casa o crecer sin un padre, a largo plazo también puede mejorar las condiciones de vida para comunidades enteras, cosas que el Estado no está proporcionando.

Pero también significa que algunas de estas comunidades están perdiendo a sus niños, su futuro. Y si esta tendencia continúa sin una reforma migratoria, los expertos señalan que las implicaciones a largo plazo pueden ser severas.

“No es la migración en sí lo que debemos de ver cómo un problema, sino las condiciones en las cuales la gente está teniendo que emigrar”, resalta Oglesby, la profesora de Arizona.

“¿Por qué están siendo separadas las familias? Porque, en realidad, cuesta menos de 1,00 dólares subirte a un avión y visitar a tus familiares en Estados Unidos, lo cual está dentro del rango de lo que podrían costearse muchos de los que están emigrando. Definitivamente, es menos de los 12 mil dólares que se le paga a un coyote”.

El problema, dice ella, es que a esa gente no se le permite subirse a ese avión.