De acuerdo con Aministía Internacional, al menos 122 de los 160 países del mundo han cometido o permitido la tortura.
La organización global de derechos humanos también encontró en su reporte de 2015 que 30 o más países “forzaron ilegalmente a los refugiados a regresar a países donde estarían en peligro”, y al menos 156 defensores de derechos humanos murieron o fueron asesinados en detención.
Es claro que la tortura, aunque sea sancionada por los gobiernos o utilizada por grupos armados que operan con total impunidad, es ampliamente practicada.
El 26 de junio se levantarán voces por todo el mundo en reconocimiento del Día Internacional de Apoyo a las Víctimas de Tortura de las Naciones Unidas.
Aquí, en esta esquina del mundo, un grupo de apoyo a refugiados, Owl and Panther Project (el Proyecto de los Búhos y las Panteras), el capítulo local de Amnistía Internacional y otros grupos participarán en una reunión comunitaria para aumentar la conciencia sobre el tema en la que escucharán el testimonio de personas que han sobrevivido a la tortura.
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El evento se realizará en la Iglesia Episcopal Grace St. Paul, en el 2331 E Adams St., de 2 a 4 p.m.
“Todos tenemos un papel que jugar para que esto termine”, dijo Abigail Hungwe, de Owl and Panther Project. “El primer paso es saber de ella y ocuparnos y educarnos sobre ella”, agregó Hungwe, quien vino como refugiada de Zimbawe a Tucsón hace nueve años.
Leonardo Maturana será uno de los oradores.
El chileno Maturana fue torturado después de que los militares chilenos derrocaran el 11 de septiembre de 1973 al gobierno electo democráticamente del presidente socialista Salvador Allende.
Maturana, de 63 años de edad, tuvo mejor suerte que miles de chilenos que fueron asesinados durante el golpe y en los siguientes 17 años del régimen del general Augusto Pinochet.
“Conocía a algunas personas”, dijo Maturana.
Dos años después del golpe de Estado, cuando el régimen militar intensificaba su opresión, la policía detuvo a Maturana, estudiante universitario e hijo de un minero. Soportó patadas, golpes y descargas eléctricas.
Más de 40 años después, los recuerdos aún lo persiguen, haciéndole muy duro el revivir la tortura que sufrió.
Ha vivido en Tucsón durante 40 años y dado clases en el programa de Educación para Adultos del Condado Pima.
Como sobreviviente, Maturana sigue encontrando formas de sanar. Una forma es no esconder su historia ni negar que la tortura existe, así como honrar a los que sobrevivieron y a los que no lo logaron.
“Queremos homenajear a las víctimas de la tortura y el abuso”, dijo en una entrevista reciente. Está activo en el esfuerzo de crear un homenaje “viviente” en su natal Antofagasta, una ciudad a la orilla del Desierto Atacama.
En algunos países, como Argentina y Guatemala, viejos generales que ordenaron la muerte y tortura de oponentes del gobierno están siendo juzgados por esos crímenes, a pesar de aquellos que quieren olvidar el pasado.
Maturana dijo que la represión no se ha reducido, pues los gobiernos siguen violentando silenciosamente a sus oponentes con palos y cañonazos de agua. Tristemente, la tortura es vista como una forma aceptable de respuesta, agregó.
La tortura también se da en otras formas, dijo Hungwe. Hay tortura mental y emocional en las amenazas verbales o en las imágenes de tortura que se envían a los oponentes.
Una llamada telefónica amenazando con agredir o matar a familiares o el enviarles una parte seccionada de su cuerpo son formas de tortura, agregó.
La tortura supera las ideologías. Gobiernos comunistas de izquierda y derechistas autoritarios usan la tortura para reprimir a sus disidentes.
Y los gobiernos demócratas, incluyendo el de Estados Unidos, también practican la tortura en nombre de la seguridad nacional.
Piense en Abu Ghraib, Guantánamo y el submarino (la técnica de ahogamiento en interrogatorios). Un importante reporte del Senado de 2012 detalló abusos y tortura cometida después de la invasión de Iraq. Eso no evitó que a principios de este año el candidato republicano presidencial Donald Trump respaldara los submarinos diciendo que “la tortura funciona”.
“Hemos sido entrenados para aceptar que la tortura es la mejor forma de protegernos a nosotros mismos y a nuestro país”, dijo Hungwe.
Hungwe, quien trabaja con familias refugiadas que han experimentado la tortura, el trauma y la reubicación forzosa, dijo que los efectos duran toda la vida y que son devastadores tanto para el sobreviviente como para su familia. El efecto residual, el desorden de estrés postraumático, “crea inestabilidad en las personas y las comunidades”, dijo.
Hablar de la tortura, reconocerla, es el primer paso para acabar con ella, dijo.
Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en
o al 573-4187.

