Mucho antes de que el presidente Obama firmara la Ley de Salud a Bajo Costo e incluso antes de que el ex presidente Bill Clinton intentara reformar el sistema de salud, Julia Corral Soto ya hablaba de ofrecer servicios médicos equitativos y al alcance de todos.
Soto no sólo habló de ello, sino que la apasionada y persistente defensora del cuidado de la salud convirtió en su misión el ayudar a la gente a recibir los servicios y los medicamentos necesarios.
A Soto, quien murió el 8 de noviembre a los 83 años, le molestaba escuchar “esto no se puede hacer”, dijo su hija Theresa Soto el viernes 15, después del funeral de su madre en la Iglesia Católica de la Santa Kateri Tekawitha, en Sur Tucsón.
Por años, el nombre de Soto fue sinónimo de “defensa del enfermo” en los barrios del sur y el oeste de Tucsón. Formó parte del pequeño círculo de defensores del cuidado de la salud y de los activistas políticos que ayudaron a crear el Centro Comunitario de Salud El Rio en 1970, en un pequeño edificio del condado ubicado en la lateral de la autopista Interstate 10, al sur de West Congress Street.
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Soto fue directora de servicios al paciente por más de 30 años en esa clínica, misma que abrió bajo el nombre de Centro Comunitario de Salud El Rio-Santa Cuz.
Era conocida por su compasión y su tenacidad dentro de la clínica y en la comunidad, dijo Roberto Gómez, ex director de El Rio.
“Era una persona a la que la gente podía acudir”, dijo Gómez. Siguieron haciéndolo incluso después de que se jubiló en 1997, agregó María Velasco, defensora de los enfermos en las instalaciones de El Rio en Pascua Yaqui, quien ingresó a la institución en 1995.
Soto tenía una respuesta para las preguntas de todos, una solución a sus problemas, dijo Velasco. Y si no la tenía, la podía conseguir.
Soto era la conciencia de la misión de El Rio de ayudar a todos. Pero tenía especialmente un gran corazón para ayudar a los pacientes pobres y sin seguro que tenían muy pocas o ninguna opción antes de que El Rio abriera sus puertas. Puso la vara muy alta para sus colegas de El Rio y exigió a los políticos y a las dependencias gubernamentales que no ignoraran a la comunidad desprotegida de la ciudad.
“Te dabas cuenta de inmediato de que fue una de las líderes que cimentaron los valores”, dijo Gómez, quien ingresó a El Rio en 1985.
Soto también estaba activa en los temas sociales y educativos de Tucsón. Se sentía bien ya fuera enfrentando a un gobernador o reconfortando a una familia desempleada que necesitaba medicamento.
“Era una persona que, literalmente, podía hablar con cualquiera”, dijo Gómez, quien se jubiló en el 2004.
El activismo y la empatía de Soto se desarrollaron con sus propias experiencias de vida. Creció en la pobreza. Fue testigo de la injusticia y la desigualdad en los barrios. Muchos miembros de su familia contrajeron tuberculosis y enfrentaron dificultades para recibir atención médica. No terminó la escuela. Vivió con asistencia del gobierno siendo madre soltera.
Pero conforme luchaba, aprendía. Soto trabajó para la Oficina de Oportunidades Económicas. Ayudaba a los pacientes del viejo hospital de condado, en South Sixth Avenue. A mediados de los sesentas, ella y otras personas crearon un grupo defensor, atinadamente llamado Los Servidores.
Para esas fechas, el ya fallecido Dr. Herbert Abrams, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Arizona, llegó a la zona oeste con la idea de crear un nuevo tipo de clínica comunitaria donde la gente pudiera recibir atención de calidad a bajo costo o gratuita. Abrams había venido de Chicago, donde desarrolló una clínica comunitaria que se enfocaba en la salud preventiva y el control comunitario.
A pesar del escepticismo y la desconfianza iniciales, El Rio se convirtió en una realidad. Soto, quien vivía al lado oeste en el Barrio Anita y después por el sur en Mission Manor, fue de las primeras integrantes de la directiva.
Actualmente El Rio se compone de 13 clínicas, siete farmacias, tres clínicas dentales y un laboratorio de diagnósticos que sirven a más de 76 mil personas al año. La que es actualmente la clínica principal, en West Congress, será reemplazada el próximo año por un edificio más grande y de dos pisos.
Al principio, la “credibilidad popular” de la clínica se le debió a Soto, dijo Gómez. Aun sin títulos profesionales ni escolares, ella logró mucho.
Con los años, Soto recibió reconocimiento y premios, y participó en numerosos comités directivos locales, estatales y nacionales. Incluso, en estos días en que la familia estaba buscando material para mostrar en su funeral, encontraron muchos de sus premios guardados en un escritorio.
Soto, dijo su hija, “lo hizo a su manera”.
Long before President Obama signed the Affordable Care Act and even before former President Bill Clinton attempted to implement heath-care reform, Julia Corral Soto talked about providing fair and inexpensive medical services for everyone.
Not only did Soto talk about it, but the passionate and persistent health-care advocate made it her mission to help people obtain the services and prescriptions they needed.
Soto, who died Nov. 8 at the age of 83, disliked hearing “you can’t do this,” said her daughter Theresa Soto Friday after funeral services for her mother at Blessed Kateri Tekawitha Catholic Church in South Tucson.
For years, Soto’s name was synonymous with “patient advocate” in Tucson’s west- and south-side barrios. She formed part of a small circle of health-care advocates and political activists who midwifed El Rio Community Health Center in 1970, in a small county building on the Interstate 10 frontage road south of West Congress Street.
Soto served as the director of patient services for more than 30 years at the clinic, which opened as El Rio-Santa Cruz Neighborhood Health Center.
She was known for her compassion and tenacity within the clinic and the community, said El Rio’s former director, Roberto Gomez.
“She was a person whom people could turn to,” Gomez said.
They continued to do so even after Soto retired in 1997, said Maria Velasco, a patient advocate at El Rio’s Pascua Yaqui facility, who joined El Rio in 1995.
Soto had an answer for everyone’s questions, a solution for their problems, Velasco said. And if she didn’t, she could find it.
Soto was the conscience of El Rio’s mission to help everyone. But she had an especially big heart for helping poor and uninsured patients who had little to no options before El Rio opened its doors. She set the bar high for El Rio’s staff and demanded that politicians and government agencies not ignore the city’s underserved community.
“You realized right away who was one of the elders who set the values,” said Gomez, who joined El Rio in 1985.
Soto was also active in social and educational issues in Tucson. She was equally comfortable getting in the face of a governor as she was in comforting a jobless family that needed medicine.
“She was a person who could literally talk to anyone,” said Gomez who retired in 2004.
Soto’s activism and empathy evolved from her life’s experiences. She grew up poor. She witnessed injustice and inequality in the barrios. Several of her family members contracted tuberculosis and had difficulty getting medical attention. She didn’t finish school. She lived on welfare as a single mother.
But as she struggled, she learned. Soto worked for the Office of Economic Opportunity. She helped patients at the old county hospital on South Sixth Avenue. By the mid-1960s, she and others created an advocacy group, aptly called Los Servidores (The Servers).
About that time, the late Dr. Herbert Abrams at the University of Arizona’s College of Medicine came to the west side with the idea of creating a new kind of community clinic where people could obtain quality care at little to no cost. Abrams had come from Chicago where he developed a community clinic that focused on preventive care and community control.
Despite the initial skepticism and mistrust, El Rio became a reality. Soto, who lived in Barrio Anita on the west side and later in Mission Manor on the south side, was an early board member.
El Rio today is composed of 13 medical clinics, seven pharmacies, three dental clinics and one diagnostic lab serving more than 76,000 people a year. Its current flagship clinic on West Congress will be replaced by a larger, two-story facility next year.
The clinic’s early “street cred” came from Soto, Gomez said. Even without credentials and college degrees, she accomplished much.
Over the years, Soto received accolades and awards, and served on numerous local, state and national boards and committees. Yet when her family was looking for material to display at her funeral service, they found many of her awards tucked away in a desk.
Soto, her daughter said, “did it her way.”
Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo al netopjr@azstarnet.com on el 573-4187.
Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en netopjr@azstarnet.com o al 573-4187.

